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La
Reconstrucción del Estado |
Indice » Los que pretenden encontrar las claves de la decadencia radical, suelen utilizar una expresión: pérdida de identidad. Esa frase parece sintetizar un conjunto de deformaciones que han ido acumulándose a lo largo de los últimos veinte años, pero que aceleraron su efecto deteriorante en los tiempos recientes. Lo cierto es que hoy nadie sabe con certidumbre qué es la Unión Cívica Radical, cuál es el espacio social que pretende representar, cuáles son sus respuestas frente a los problemas que afectan a la gente, cuál su política de incorporación y formación de nuevos dirigentes y cuadros juveniles. No hay ideas renovadoras ni debates serios y los que surgen muy de vez en cuando están lejos de expresar los intereses generales y muy cerca de la especulación crudamente corporativa. Más aún: el radicalismo parece haber dilapidado un rasgo esencial de su identidad, la confiabilidad ética, que durante muchos años le valió el apoyo de tantos que creyeron en la conducta radical y caracterizaron a sus dirigentes como acertados o equivocados, pero siempre ejemplares desde el punto de vista moral. ¿Qué es la identidad? es la suma de formas, contenidos y funciones que permiten que una cosa se diferencie de las demás. Esa "cosa" puede ser un ente inanimado, una persona o una institución y en cada caso habrá que ver cuáles son los factores de individualización que permiten distinguirla, a partir de la continuidad de sus rasgos esenciales. La identidad radical siempre se definió por la adecuada articulación de ciertos valores, ideas y métodos de acción política. El criterio central es la defensa de la persona, en tanto portadora de pensamientos propios, capaz de tomar decisiones libres y de reclamar un trato justo e igualitario que garantice su dignidad en la relación con los semejantes. Las ideas que permiten concretar en la vida real esos valores básicos se apoyan en ese tipo de organización social llamado democracia, que necesariamente incluye una política de distribución de la riqueza; en un orden institucional fundado en los conceptos de participación, pluralismo y garantías legales; en una localización territorial del poder que respete las características históricas de la Nación; y en un sistema de relaciones internacionales que preserve la soberanía y favorezca la integración como camino válido para garantizar la paz. En ese conjunto de valores e ideas que sirvieron para diseñar el perfil partidario, el respeto por el hombre común ocupó el espacio central y fundamentó desde el punto de vista filosófico, la defensa de la libertad entendida como autonomía de decisión individual y derecho a la participación en la decisión colectiva, la identificación con los desposeídos y la denuncia de los privilegios agraviantes que afectan la igualdad. Esa concepción humanista es derivación lógica del componente moral que impregnó el pensamiento radical y que hoy parece insignificante, anacrónico, descartable y aplastado por las ambiciones materiales y las conveniencias tácticas coyunturales, como también por actitudes dirigenciales que parecen exudar desprecio por los límites éticos y quebrar, de manera deliberada o desaprensiva, la vinculación entre medios y fines que nació del espíritu fundacional. En ese mar de inconsecuencias parece perdida la identidad radical. Las instituciones sociales mantienen su vigencia mientras resultan funcionales al interés colectivo. Los partidos políticos están incluidos en esa regla de oro de la utilidad social. Entonces, la cuestión consiste en averiguar si desde ese punto de vista la reconstrucción radical es una tarea necesaria y posible, si el esfuerzo tiene sentido más allá de los componentes afectivos y nostálgicos que convoquen a los viejos adherentes. Para llegar a una conclusión acertada, también hay que analizar la situación actual de los espacios en que se desarrolla la acción política: por un lado, la sociedad, ámbito natural de convivencia. Por el otro, el Estado, sistema jurídico institucional que sirve para organizar esa convivencia y orientar su evolución. A partir de ese análisis, estaremos mejor ubicados para medir la necesidad social de un radicalismo recuperado. Entonces, si la respuesta es positiva, hará falta voluntad moral, inteligencia y trabajo. Porque -lo decía Yrigoyen- la tarea reparadora no consiste tanto en alcanzar el poder, sino en la búsqueda esforzada e incansable de los ideales superiores.
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