La política profunda, por Daniel Larriqueta

La campaña presidencial en curso es tan banal que debe hacernos sospechar que falta algo. Falta la lectura de lo que la ciudadanía va procurando entresacar de tanta liviandad. ¿Qué construyen los compatriotas?

En el primer plano de la escena se puede leer que el Partido Justicialista y la Unión Cívica Radical están en dispersión. Una dispersión de muchas facciones que se reclaman de tradición peronista y otra dispersión de muchas territorialidades que se reclaman de la tradición radical. Candidatos nacionales que se llaman “peronistas” y candidatos locales o provinciales que se dicen “radicales”. Esto, con ser verdadero, no hace más que aumentar la humareda. Para verlo más claro, basta comparar el 3,5% que sacó el radical Ernesto Sanz para su nominación presidencial con el más de 45% que están obteniendo Julio Cobos en Mendoza y José Cano en Tucumán para las votaciones locales. Esto no es la “muerte” de un partido sino su dispersión. Lo mismo puede concluirse de un análisis de las dispersiones peronistas.

A mi juicio, y con la poquedad de medios de que dispone, la ciudadanía está operando una transición histórica de la que somos poco conscientes y que la mayoría de los analistas y la totalidad del periodismo ignora mansamente. Es la transición desde los viejos movimientos épicos y culturales hacia nuevas formas de expresión, que pueden o no ser partidos políticos y pueden o no delinearse sobre las antiguas raíces. ¿Por qué digo que la ciudadanía lo hace? Porque cuando puede, cuando los arbitrarios y antidemocráticos sistemas electorales se lo permiten, salta la valla de los casilleros viejos y da sorpresas. La más reciente y que me sirve de señalero es la elección de Bariloche: una forma más flexible de votar permitió que los barilochenses chamuscaran el campo de los partidos. Y a otra cosa mariposa…

Los historiadores sabemos que los cambios de fondo no suceden de la noche a la mañana. Se gestan y crecen lentamente cuando son fecundos. Si suceden de golpe, generalmente no se consolidan o padecen contragolpes que los debilitan o los anulan.  Yo creo que los argentinos estamos transitando cambios de fondo en la vida política.

Desde esta perspectiva, lo que sucederá en la elección presidencial próxima parece poco significativo. Los candidatos en liza no hablan de sus contenidos doctrinarios o conceptuales, sólo se expresan con frases hechas, interjecciones marquetineras o globos aventados. Y no sólo por incultos o poco memoriosos –que los hay, claro- sino porque temen que cualquier definición les reste chances. Este es el punto, las definiciones amagan. Y este es el punto por donde pasa lo profundo de la situación presente y lo profundo del cambio político que estoy tratando de develar.

Estamos saliendo del sistema de ordenamiento político del siglo XX, con los grandes movimientos que heredaron y valorizaron las fuerzas culturales de lo que he llamado “la Argentina renegada” y “la Argentina imperial”, o sea la herencia andino-indiana y la rioplatense-atlántica. Y el buen uso de la democracia que el radicalismo fundó en 1983 nos permite comprender que no hay práctica republicana de la democracia sin partidos que expresen algo más que la base cultural del pasado y puedan definirse y diferenciarse por su visión de una sociedad que tiene problemas nuevos y un futuro a diseñar. Estamos pasando de la democracia movimientista a una democracia republicana. Y será un camino a recorrer con paciencia y piel gruesa para aguantar los machucones.

¿Cómo se irán  conformando los partidos del futuro mediato? Seguramente por agrupamientos conceptuales, con doctrinas e ideas que correspondan al tiempo nuevo y a las fuerzas actuantes en la sociedad. Si se siguen las tendencias internacionales – a las que es difícil sustraerse en este ambiente mundializado- y se recatan las definiciones más profundas, algunas fuerzas se agruparán hacia la socialdemocracia, el socialcristianismo, el conservadorismo privatista, el liberalismo social o el liberalismo individualista, etc.  Y ellas formularán una visión del país de cada color que debería pintar la acuarela de las nuevas ensoñaciones argentinas. En otras palabras, la democracia de partidos, esencia de una república moderna, quiere ideas, interpretaciones de la realidad nacional e internacional y toma de posiciones sobre la mejor organización de la sociedad y la más perfecta promoción del bienestar colectivo e individual.

Esto puede sonar lejano, pero no lo es. Los radicales, por ejemplo, podemos pensar que los dirigentes provinciales que acopian fuerte apoyo de sus conciudadanos como pasa en Mendoza y en Tucumán, han hecho de forma más o menos precisa una interpretación de lo que desean y necesitan sus pueblos y que los dirigentes que han protagonizado la Convención de Gualeguaychú han quedado muy lejos de ese mérito.

Eso anuncia movimientos profundos en la ciudadanía, en las ideas y en los agrupamientos y de la habilidad con que se trabajen estos impulsos hacia el futuro resultarán los partidos de una república que nos está faltando. Pero que estoy convencido va a llegar.

Daniel Larriqueta. Historiador, escritor , economista.