El viernes 12 de diciembre, los delegados que integran el plenario del Comité Nacional de la UCR designaron a los miembros integrantes de la Mesa que conducirá al partido durante los próximos dos años.

La reunión fue auspiciosa, porque reactivó el funcionamiento de un órgano esencial que estuvo paralizado de hecho, promovió una renovación imprescindible a partir de un presidente joven con una militancia conocida y constante ampliada por una exitosa experiencia de gobierno, que en su primera aparición periodística se comprometió a impulsar el trabajo entre todos los sectores internos y a consolidar la unidad por vía del diálogo y el consenso.

 En un radicalismo en situación crítica,  que perdió representatividad social golpeada por el egoísmo individualista de un grupo de dirigentes que sustituyó las convicciones por la conveniencia, sin aprecio por la doctrina ni por la conducta, el nuevo Comité Nacional tendrá sentido si se constituye en  punto de partida de una senda de reconstrucción que le devuelva a los argentinos la posibilidad de contar con un instrumento al servicio de la libertad y del desarrollo basado en el crecimiento y en la distribución justa del ingreso.

La primera parte –esencial- de esa tarea reparadora consiste en preservar la identidad de la UCR, su autonomía y su condición de partido nacional apoyado en una mirada federal. Su identidad, fundada en los valores de libertad, igualdad y derechos humanos, es definitivamente incompatible con la ultraderecha confesa de Milei. La autonomía requiere el diseño de una estrategia consistente que abarque todo el partido, incluyendo gobernadores y legisladores, aplicada sin perjuicio de las variantes tácticas que aconseje cada situación provincial.

En ese marco, las coaliciones son instrumentales, pero solo admisibles en tanto garanticen la identidad y la coherencia en materia de ideas y valores. Debemos resaltar la gestión de nuestros intendentes y gobernadores, pero sabiendo que siempre estarán incorporados a la estrategia nacional.

La reconstrucción del radicalismo exige devolverle funcionamiento orgánico y capacidad movilizadora. Los mecanismos de deliberación y decisión previstos en la Carta Orgánica proveen legitimidad y regularidad institucional. El primero es el voto directo, que no puede ser reemplazado por decisiones cupulares ni por manipulaciones tramposas. La decadencia empezó cuando seguimos promoviendo la democracia para afuera pero dejamos de practicarla para adentro. La democracia interna es una causa convocante y movilizadora que no podemos bastardear.

La capacidad decisoria de la conducción partidaria no debe tolerar las presiones sectoriales y mucho menos, las intervenciones interesadas de dirigentes que solo promueven sus objetivos personales o defiendan intereses corporativos o particulares. La modernización de los métodos de comunicación es central para garantizar la difusión y comprensión de estas propuestas.

La capacidad representativa de un partido político, su utilidad social, depende de sus ideas antes que de sus votos. Sin ideas, no se puede gobernar bien, ni ejercer la oposición, ni convencer. El radicalismo, ahogado por un pragmatismo calculador, hace mucho que posterga toda discusión, arrincona las ideas, privilegia la especulación. Hay que volver a discutir conceptos y propuestas, a generar debates. No se trata de elitismo o de intelectualismo vacío. Se trata de respaldar la militancia con argumentos, de ejercer la política y los cargos dotándolos de contenido. A partir de las ideas recuperaremos la representatividad, volveremos a ser útiles.

Es obvio que como principio general, hay que apoyar las medidas que estén bien y criticar las que están mal. Pero tomando en cuenta que la función básica de un dirigente consiste en orientar a la gente, su palabra debe ir más allá de ese formalismo, definiendo públicamente que cosas están bien y que cosas están mal.

Está bien buscar el equilibrio fiscal. Está mal que el ajuste sea el único camino y que el cien por ciento de su costo lo paguen los jubilados, la clase media, los trabajadores en negro, los maestros, los médicos, los empleados del estado y la obra pública.

Está bien combatir la inflación. Está mal hacerlo en base a un peso sobrevaluado y una apertura indiscriminada que ya provocó la desaparición de 17.383 empresas desde que asumió Milei (La Nación, 2/dic./25, pág. 1).

Está bien actualizar, a partir del contenido programático del art. 14 bis de la Constitución, una legislación laboral pensada para otra realidad productiva y ocupacional que no padecía los porcentajes de trabajo no registrado o las consecuencias de la cultura digital. Está mal hacerlo para mejorar la rentabilidad empresaria a costa del nivel de protección al trabajador o para desconocer el valor igualitario del concepto de justicia social.

Está mal afirmar desde el poder que la mejor política industrial es no  tenerla. Está mal promover la absoluta libertad de mercado, cuando desde hace 200 años sabemos que librado a su propia dinámica, el mercado tiende al monopolio. Está mal que para comprar aviones de combate y submarinos, desfinanciemos a la escuela pública, a las universidades, al sistema de salud, a la investigación científica (además: ¿de quién queremos defendernos?).

Está mal el alineamiento acrítico y subordinado con TRUMP. Está mal que el presidente promueva una cripto moneda que terminó en estafa, que la Secretaria General mantenga el silencio cuando un funcionario de su propio gobierno afirma que recibe dinero de ciertas droguerías, que el Asesor monotributista sin firma cultive cercanas relaciones con el oscuro empresario Leonardo Scatturice. Habrá que advertir eso sí, que como consecuencia de este gobierno, tendremos una sociedad fracturada y desigual que además, dejará afuera a muchos compatriotas.

En cualquier ámbito de la actividad humana, la convivencia solo es posible a partir de conductas previsibles que reconozcan la existencia y los derechos de todos. Ese es el eje alrededor del cual gira el significado moral de la acción política. En democracia, la UCR siempre exaltó los valores morales como componentes esenciales de su filosofía y su comportamiento. La deriva hacia el pragmatismo calculador, hacia el individualismo egoísta, hacia la ventaja y el privilegio, hacia el dinero, fue el componente tóxico que deformó la conducta de ciertos dirigentes que siguen autocalificándose como radicales cuando hace rato dejaron de serlo.

La tarea consiste en recuperar la íntegra vigencia de esa visión moral. A partir de allí, con ideas y conducta, volveremos a ser los legítimos representantes de la causa popular.

27/12/2025