JUAN MANUEL CASELLA
Presidente de la Fundación Ricardo Rojas
Advertencia inicial: Para mucha gente, la lectura se ha convertido en un ejercicio poco grato. Los textos extensos aburren. La atención del lector disminuye con rapidez. Quien escribe debe sintetizar y ello significa correr el riesgo de que alguna idea parezca tratada sin profundidad, Pero las cosas son así: predomina la imagen, no la palabra escrita. Y a ello hay que adaptarse.
Las razones de la estabilidad democrática
Desde hace 43 años, Argentina es un país democrático. Se trata del período más prolongado de la historia. ¿A qué se debe la relativa estabilidad de una democracia imperfecta pero vigente?
Desde 1946 hasta 1983, el peronismo siempre ganó las elecciones nacionales y provinciales. Nunca llegó a ser partido único, pero durante ese lapso fue partido dominante.
La elección presidencial de octubre de 1983 cambió el escenario. Fue totalmente correcta, sin proscripciones ni limitaciones y ganó Alfonsín. El peronismo, sorprendido y desorientado, aceptó la derrota. A partir de esa fecha, quedó dentro del sistema. Con sus características verticalistas, pero dentro del sistema.
El juicio a las Juntas consolidó el modelo porque significó que además de la democracia electoral, también regia el Estado de Derecho: cualquiera hubiese sido su poder, el que violaba la ley corría el riesgo de terminar preso, a partir de la aplicación del debido proceso. La soberanía popular más la norma legal se convirtieron en los fundamentos de un consenso político mayoritario. Así, la democracia adquirió el buen nivel de legitimidad que explica su permanencia.
Los últimos quince años
Ahora bien: Junto con el consenso político institucional, la democracia requiere un consenso económico que promueva la creación y distribución equitativa de los bienes materiales. Además de votar hay que comer, alojarse, vestirse, combatir la enfermedad y educarse.
En 2011, Argentina dejó de crecer. En términos “per cápita”, en realidad hemos retrocedido. Somos más pobres y la distribución es peor. Hoy somos un país más desigual. El trabajo no registrado, el desempleo juvenil y la gente que vive en la calle son la expresión más notoria de ese retroceso.
Simultáneamente, es perceptible la disminución de calidad dirigencial, en términos intelectuales y morales. La sumatoria de ineficiencia productiva y distributiva, carencia de ideas útiles y claudicaciones éticas, produjo una pérdida de representatividad social que pone en riesgo la democracia. Milei es el resultado de todos esos factores negativos.
El gobierno de Milei
Milei interpretó el estado de ánimo social, utilizó el desprejuiciado lenguaje de la irresponsabilidad, aprovechó sin vacilar el retroceso universal del progresismo y casi en soledad alcanzó el poder, ayudado por la viveza torpe de un massismo que quiso usarlo y terminó sufriéndolo.
El presidente se autodefine como un hombre de ultraderecha. Es decir: confiesa un rechazo visceral por la democracia.
Su receta económica –no es una política ni un programa- consiste básicamente en ajuste fiscal, mercadocentrismo y peso sobrevalorado. El objetivo central es contener la inflación, entendida solo como un fenómeno monetario. De hecho y por vocación, incrementa la renta para el tercio superior de la sociedad. Afirma que la justicia social es un despojo. Ratifica que la pérdida salarial del empleado público es un objetivo buscado por quienes gobiernan y a partir de esa visión, sostiene que el estado no debe promover el equilibrio social.
No le preocupa la decadencia de la clase media o el cierre de decenas de miles de Pymes. La caída del salario real, del empleo formal y del nivel de la insolvencia, son realidades que nos llevan a una sociedad fracturada y estructuralmente desigual.
En el campo internacional, su sumisión acrítica y servil al trumpismo, su admiración y solidaridad con cualquier ensayo autoritario que aparezca en el mundo y su desprecio por los legítimos intereses de la Nación, no son otra cosa que expresión clara de peligrosa ignorancia y desaprensión.
Por qué se sostiene Milei
En un universo político bien armado, en el que la oposición cumpliese su función de control y elaborase planteos alternativos, el gobierno sentiría la presión intensa de la opinión pública. En Argentina actual, ese fenómeno no se percibe, por lo menos con la potencia equivalente a la fractura que produce el tipo de economía que impulsa el gobierno.
En primer lugar, porque la etapa final del kirchnerismo causó una sensación profunda de rechazo, de desorden, de insustentabilidad.
Luego, porque la prédica kirchnerista exhibió cambios que contradijeron la imagen histórica del peronismo: reemplazó la justicia social por un populismo clientelar que concibió la pobreza como cantera de voto cautivo y porque está claro que para el cristinismo, el único objetivo que importa es la libertad de la ex presidenta.
Pero hay otra razón que no es imputable a Milei o al kirchnerismo: el espacio social importante que debería ocupar una propuesta progresista bien fundada y comprensible, está vacante. Desde ese ángulo, frente a Milei no hay nada, y polarizar con el kirchnerismo lo favorece. Además, cuenta con el lógico apoyo del tercio superior de la sociedad al que benefician sus políticas y coincide con el presidente en el desprecio por la justicia social.
LA UNION CIVICA RADICAL
Para la opinión pública, el radicalismo no existe como partido nacional. Sus dirigentes ni siquiera figuran en las encuestas y han desaparecido de los análisis periodísticos.
Disperso, anárquico, inorgánico, no exhibe ideas, no protagoniza los intensos debates internos que caracterizaron su historia y no opina sobre la situación general ni sobre las cuestiones que afectan a la mujer y al hombre de todos los días. Su acción concreta se limita a un electoralismo de dimensión territorial, provincial o municipal, cuya suerte depende de la permanente negociación con el Ejecutivo nacional. Los gobernadores, que se esfuerzan por gestionar con eficiencia y honestidad, parecen no comprender que solo contando con un partido nacional fuerte, vigente e imaginativo, podrán disponer de la garantía necesaria para subsistir frente a un gobierno que busca reemplazarlos con su propia gente.
Hoy, el comportamiento de los legisladores nacionales elegidos a partir de la sigla UCR, son el peor mensaje para la sociedad.
La situación se agrava por la presencia de algún grupo dirigencial que asumió como estrategia el crecimiento personal y la permanencia en los cargos, un individualismo egoísta que no toma en cuenta los componentes éticos de la acción política. El nuevo Comité Nacional encabezado por el Intendente Chiarella ha insinuado en los últimos tiempos, la sensación de comprender la situación y buscar los caminos para corregirla porque en estas condiciones, la UCR no es más que una nostalgia.
LAS PROPUESTAS
Algunos de los caminos que el radicalismo debe recorrer para recuperar su identidad y volver a ser necesario y útil, son:
A) Reconstruir el sistema político, hoy fuertemente desequilibrado, devolviéndole representatividad y confiabilidad.
B) Recuperar para La Unión Cívica Radical la condición de Partido Nacional con funcionamiento orgánico y coherencia en sus bloques legislativos.
C) Revalorizar las ideas, el debate y las propuestas, a partir del discurso de Alfonsín en Parque Norte y de la profundización del concepto de ética de la solidaridad, para anteponerlo al individualismo absoluto que propone Milei.
D) Ejercer la oposición racional y bien fundamentada, sin pactos secretos ni arreglos ocultos, defendiendo a los gobernadores e intendentes a partir de una estructura nacional que evite el riesgo de la mera defensa territorial.
E) Elaborar una plataforma que priorice salud, educación y seguridad e incluya una política de desarrollo y distribución justa del ingreso que favorezca el empleo formal y se aplique respetando las normas básicas de la economía.
F) Proponer candidatos propios (Lista 3) especialmente en Nación, Provincia y CABA, como forma elemental de devolver vigencia, identidad y representatividad a la UCR.
Revivir “Juntos por el Cambio” no es el camino
En primer lugar, porque Mauricio Macri declaró reiteradamente que comparte el proyecto económico de Milei, proyecto que contradice obviamente nuestra concepción social.
En segundo lugar, porque inmediatamente después de ganar las elecciones, Macri afirmó que gobernarían” los que habían ganado” desplazando al radicalismo del ámbito de la decisión y condenándolo a un segundo plano de intrascendencia e insignificancia. Después de ese episodio, la desconfianza quedó instalada.
La candidatura de Ernesto Sanz en las “PASO” no fue más que un acompañamiento destinado a legitimar la candidatura de Macri, ya consentida de hecho. No olvidemos lo que pasó: Macri fracasó a tal punto que le devolvió el poder al kirchnerismo en su peor versión. Volver a recorrer ese camino no tiene sentido.
El argumento de que una candidatura radical debilitaría desde el punto de vista electoral a una eventual coalición que enfrente a Milei, no sirve hoy. En este momento, la prioridad consiste en recuperar a la UCR, como expresión concreta del progresismo democrático, espacio hoy vacante.
En términos yrigoyenianos, tenemos que volver a empezar, porque Argentina necesita de una fuerza política que vincule, con convicción y para siempre, la libertad con el mayor nivel posible de igualdad en la distribución de los bienes.
ADVERTENCIA FINAL: Estas propuestas buscan devolver identidad, vigencia y representatividad a la UCR, y por supuesto, deben acompañarse con una conducta dirigencial que genere confiabilidad ética. El individualismo egoísta, la especulación por candidaturas y la influencia del dinero en la decisión política son lo peor que nos puede pasar si queremos volvera ser.
