El presidente de la Fundación Ricardo Rojas, Juan Manuel Casella,  exhortó a asumir la voluntad de «terminar con los traidores» en la UCR. «Ahí está la clave de nuestra existencia útil para la sociedad argentina». «No nos importa como se llaman. Nos importa como se comportan».

La transcripción textual de su discurso en el acto en homenaje a Mario Abel Amaya, en la sede de la Fundación, es el siguiente:

Lo que hoy Amaya es no solamente constituye un recuerdo de un dirigente particularmente importante de la Unión Cívica Radical y una personalidad con el concepto de la obligación moral que tiene el contenido del pensamiento radical y de un hombre valiente, que siempre estuvo dispuesto a ofrecer su vida para defender la capacidad de pensar y decir lo que pensaba. 

Pero, además, incluyó en esa conducta la solidaridad más sacrificada que hay, que es la de ofrecer la vida para que otro que también piense y dice su opinión, pueda decirla aun cuando no esté de acuerdo con la opinión que nosotros expresamos. Ese tipo de solidaridad requiere un coraje y una formación particular.

Por eso Amaya se convirtió en un símbolo, porque pensó, porque defendió su derecho a expresar su pensamiento, porque lo dijo con profunda convicción. 

Porque además defendió el derecho de otros a pensar y expresar su pensamiento que no fuera el mismo de él. Y porque cuando tuvo que actuar asumió la actitud, la conducta y el procedimiento de aquellos radicales de conducta intransigente, que pusieron siempre el cuerpo para sostener sus ideas. Esto describe una personalidad, describe una capacidad de acción y de compromiso. 

Por eso es un símbolo, por eso se convirtió en un símbolo. Por eso hoy lo recordamos 50 años después de su muerte. Fue un abogado. Convirtió su profesión en un instrumento de defensa de los demás. Dedicó su conocimiento a defender a los demás y lo hizo con absoluto desprecio por cualquier compromiso de ventaja personal. Siempre entregó su capacidad de proveer pensamiento y defensa jurídica para que los demás tuvieran esa protección.

Tenía una salud débil y nunca se preocupó demasiado por cuidarla, porque entendía, consciente o inconscientemente, que la tarea que había asumido era más importante que su propia salud, que no podía vacilar en aplicar toda su vida a defender esa causa. Lebensohn dijo alguna vez que «los radicales tenemos que tener doctrina para que nos comprendan y conducta para que nos crean”. 

Seguramente Amaya representa una síntesis muy adecuada de pensamiento y conducta, y la línea que vincula su pensamiento con su conducta se llama coherencia. Esa es la línea. Cuando Amaya se expresaba, utilizaba su pensamiento, los conceptos que tenían en la cabeza. Pero cuando actuaba identificaba su conducta con esos pensamientos y sostenía esos pensamientos con su conducta. De manera que ahí estaba sintetizada la propuesta sustancial de Moisés Lebensohn.

De ahí viene la necesidad de recordar que, por ese camino de coherencia entre el pensamiento y la conducta, nosotros, los radicales, llegamos al poder en 1983. Y por la coherencia entre conducta y pensamiento, la gente nos creyó y porque nos creyó, votó. Ese momento fue cuando Lebensohn tuvo razón, históricamente hablando: conducta y pensamiento.

De ahí que logramos, entre otras cosas, restablecer la democracia, darle cierta solidez a la democracia con los problemas que tiene frente a los sectores reaccionarios que hoy nos gobiernan.

Pero además nos permitió decir con toda claridad que el radicalismo estaba cumpliendo su tarea histórica, porque para eso nació en nuestro partido. Nuestro partido nació para devolverle al pueblo la capacidad de auto gobernarse, de ejercer la soberanía política. Pero, además, a partir de dos conceptos: la distribución del ingreso justo y el crecimiento.

La democracia no se termina con el voto. La democracia empieza con el voto. Detrás del voto tiene que estar las políticas y la política implica necesariamente crear las condiciones materiales para que la libertad pueda ejercerse.

El radicalismo tiene que tener claro que la democracia y la libertad no se limita al plano institucional y político, sino que tiene que tener extensión clara también hacia el campo económico social.

Cuando ganamos las elecciones terminamos con la tutela militar y esa es una incorporación fundamental para la vida política de Argentina; desde 1930 hasta el 30 de octubre del ‘83, las Fuerzas Armadas actuaron como una especie de supervisión del modelo político, con capacidad de inspección y de modificación.

Fue a partir de la conducta y el pensamiento.

¿Qué nos pasó después?

 Porque no podemos hablar de esto sin referirnos a la actualidad. ¿Qué nos pasó a los radicales? que terminamos con la tutela militar, que restablecimos la democracia y que pusimos en marcha el concepto de la democracia es mucho más que el derecho a votar, que incluye respuestas económicas y sociales que aseguren la libertad frente a la necesidad.

¿Que nos pasó después?

En los difíciles años corridos entre el ’76 y el ’83 Alfonsín fue la figura predominante para la recuperación de la democracia política en la Argentina y lo logró el 30 de octubre.

Pero el proceso posterior al gobierno de Alfonsín fue de una de un descenso cualitativo, permanente y sostenido.

La democracia argentina fue progresivamente atrapada por una visión pragmática, individualista y egoísta que le fue quitando contenido principista, que convirtió la acción política simplemente en un recurso material para alcanzar posiciones: posiciones políticas, institucionales, pero también posiciones económicas importantes, para hacer negocios. La política para un negocio.

Hoy el radicalismo ha perdido una porción sustancial de la representatividad que ganó, aplicando la idea de Lebensohn y la conducta del pensamiento de Amaya.

El radicalismo ha perdido representatividad social. El radicalismo sufre un proceso de dispersión, de pérdida de calidad dirigencial, un proceso que incluye la eliminación del debate interno y la eliminación de la propuesta externa.

Nosotros no discutimos ante nosotros ni tampoco transmitimos el mensaje de la sociedad argentina está esperando.

Por lo tanto, hemos dejado de ser útiles para esa visión democrática integral.

Además, estamos incurriendo en lo que yo denomino proceso de feudalización. Acá el dominio territorial se ha convertido en mucho más importante que en la visión nacional. Por supuesto que tenemos que tener gobernadores e intendentes, pero los gobernadores intendentes tienen que estar incluidos en una propuesta integral de carácter nacional.

No existe la posibilidad de solucionar los problemas políticos y sociales de la Argentina si no tenemos una visión nacional que sea compartida y ejecutada por el conjunto del partido.

Y hoy la feudalización del poder provincial es una característica típica de la realidad argentina y de la realidad radical. Fíjense ustedes que eso incluye una distorsión acerca del funcionamiento institucional, porque los legisladores nacionales no representan a las provincias, representan a la nación y por lo tanto no deben recibir órdenes de los gobernadores, que canjean el voto legislativo por una un mejor recurso económico para cada una de las provincias.

Por otra parte, tenemos el problema de que hay un grupo de quienes fueron elegidos vistiendo la camiseta de la Unión Cívica Radical que en su discurso, en su conducta y en sus votos se han convertido en agentes del gobierno ultranacionalista que nos está conduciendo.

Hoy el radicalismo está muy lejos de ser aquella casa popular en la que se formó y por la que luchó Mario Abel Amaya.

Hemos dejado de ser una expresión clara de la causa popular en Argentina.

Por eso, el mejor homenaje constituye en adoptar la cohesión y la coherencia de Mario Abel Amaya. Resaltar su sacrificio corajudo, incluyó su propia vida, y tratar de reconstruir una propuesta política, social y moral que reivindique a la Unión Cívica Radical.

La Unión Cívica Radical, a lo largo de los 130 años de existencia, siempre le sirvió al pueblo, Hoy no le está sirviendo al pueblo porque no ofrece una alternativa clara frente a este gobierno reaccionario y fascista que estamos padeciendo.

¿Cómo podemos revindicar a la Unión Cívica Radical?: devolviéndole el pensamiento, diciendo cómo tenemos que salir a los problemas que está afrontando la sociedad argentina, devolviéndole conducta moral.

La Unión Cívica Radical siempre fue un recurso moral para la Argentina y hoy también corre el riesgo de dejar de serlo.

Reivindicaremos a la Unión Cívica Radical cuando tomemos la decisión de terminar con los traidores.

Ahí está el valor moral de la política. Ahí está la influencia de la conducta y del pensamiento de Mario Abel Amaya. Ahí está la clave de nuestra existencia útil para la sociedad argentina. Hagámoslo. Asumamos la voluntad de terminar con los traidores. No nos importa cómo se llaman. Nos importa cómo se comportan. Y todos sabemos cómo se comportan los traidores.

Los traidores hacen de la traición el ejercicio de su vida para sacar ventaja. No los podemos seguir teniendo en la Unión Cívica Radical. Muchas gracias».