JUAN MANUEL CASELLA
Presidente de la Fundación Ricardo Rojas. Dirigente UCR, diputado nacional (MC)
Primero, los hechos
El 7 de mayo de 1945 concluyó la Segunda Guerra Mundial y comenzó el escenario de fuerte tensión bipolar que conocimos como Guerra Fría. Estados Unidos ganó la Segunda Guerra junto a sus aliados de Europa Occidental. Pero la Unión Soviética, que también ganó, extendió su frontera al subordinar a los países del este europeo y alcanzar el status de potencia nuclear. Europa occidental mostraba un escenario devastador que requería un programa de reconstrucción acelerado para evitar que el comunismo aprovechara la crisis social para seguir su avance hasta cubrir todo el continente.
El “Plan Marshall” proveyó los fondos que financiaron la reconstrucción. Tuvo tanto éxito que fue calificado como milagroso. Los partidos de centro-izquierda, definidos como socialdemócratas y en Italia posfascista la Democracia Cristiana, fueron los eficaces instrumentos que condujeron el proceso que restituyó la creación de empleo, la capacidad productiva, la distribución del ingreso y la progresiva aparición del estado de bienestar.
También surgieron los mecanismos jurídicos que impulsaron un camino de integración sobre el que Europa occidental logró su fortalecimiento económico social. La Comunidad del Carbón y del Acero (1951) y el Tratado de Roma que creó el Mercado Común Europeo (1957) fueron episodios básicos para restablecer el nivel de desarrollo capaz de contener aquello que en algún momento pareció ser el avance inevitable de la URSS. Ese programa de integración culminó en 1993 con la creación de la Unión Europea y la emisión del euro como moneda común.
Pero, simultáneamente, en la URSS pasaban cosas. A fines de los setenta, su economía empezó a exhibir síntomas de debilidad para proveer los recursos necesarios para financiar el presupuesto militar y, al mismo tiempo, sostener el nivel de vida de sus habitantes. La crisis alcanzó su pico con la rebelión popular espontánea que provocó la caída del Muro de Berlín (9/Nov/89), la reunificación alemana (Oct/1990) y llegó a su conclusión con la disolución de la URSS, proclamada el 21/dic./1991.
Luego, las consecuencias
La desaparición de uno de los focos que compitieron durante la Guerra Fría hasta el borde mismo del desastre nuclear pareció convertir en ganador definitivo a Estados Unidos como potencia y al capitalismo como sistema. El fin de la historia, anunció Fukoyama.
En Europa occidental siempre existieron partidos conservadores fuertes y competitivos que defendían el patrimonio clásico de la derecha tradicional: propiedad privada de los medios de producción, libre mercado, orden jerárquico fundado en el mérito, la desigualdad concebida como una característica natural del modelo capitalista, mínima intervención del Estado.
Pero contra lo que se supuso inicialmente, la caída de la Unión Soviética no significó la consagración definitiva del capitalismo estilo americano. En realidad, el fin de la Guerra Fría implicó la ruptura del esquema vigente desde 1945 y la aparición desordenada de ciertas realidades que generaron nuevos conflictos, nuevas reacciones orientadas a la revalorización de las soberanías nacionales y, a partir de allí, una restructuración de las relaciones de poder que avanzó hasta instalar el mundo multipolar de nuestros días.
Así surgió una nueva derecha impulsada por la situación de atraso relativo que padecían quienes provenían del territorio que fue Alemania Oriental antes de la unificación: individualista y egoísta, que impugna el proceso de globalización, cuestiona el planteo Woke en cuestiones tales como el ultrafeminismo, el aborto y la protección de las minorías, encuentra en la política antiinmigratoria un argumento de gran potencia movilizadora muy vinculado con la identidad nacional y la seguridad, tolera y hasta admira la visión autoritaria y antidemocrática de Putin, celebra la pública desaprensión de Trump con relación a los límites institucionales y legales, se rebela frente a “la burocracia” instalada en Bruselas, promueve la reaparición de las monedas nacionales y, en ciertos casos límite, niega el holocausto. Esa es la nueva derecha que ganó las elecciones en Sajonia, ex Alemania Oriental.
La amenaza del futuro
El triunfo de AfD en esas elecciones pone en evidencia el retroceso del modelo democrático basado en el consentimiento social legitimado por el voto, en el respeto por la libertad personal y en la búsqueda del mayor nivel posible de igualdad en la distribución de los bienes. A partir de ahora, el autoritarismo es una posibilidad cierta y amenazante. Pero hay otros datos para incorporar al análisis.
Las tareas de investigación y desarrollo (I y D) que hasta mediados de los años setenta eran financiadas mayoritariamente por contratos públicos, hoy se apoyan en dinero proveniente del sector privado, a punto tal que entre 2012 y 2018 la financiación privada –programada en función de la rentabilidad- creció más de ocho veces y media mientras que, después de la caída del Muro de Berlín, el gasto en I y D programados en Estados Unidos cayó a menos del uno por ciento del PBI.
A partir de ese conocimiento apropiable, la tecnocracia y la plutocracia financiera constituyen una sociedad de hecho que administra cifras impresionantes en manos de ultramillonarios capaces de condicionar a los estados, tienen como nave insignia las investigaciones en materia de Inteligencia Artificial pese a los enormes riesgos que implican las posibilidades de autoconectividad, autoaprendizaje y autogestión que posee el mundo digital, sin que hoy esté sometido a métodos eficientes de control público.
Tenemos que estar muy prevenidos. La nueva derecha más Elon Musk, Peter Thiel y los intereses que ellos representan están, como mínimo, abriendo la puerta a la sumisión definitiva de la persona humana.
Publicado en el diario Democracia de Junín — Domingo 20 de septiembre de 2026
