A sus 25 años Federico Storani cuando ocurrió el golpe de Estado de 1975 era un joven político y abogado de La Plata que ya tenía peso como presidente de la Federación Universitaria Argentina (EUA). Hijo del dirigente radical Conrado Storani, había participado de la fundación de la Junta Coordinadora Nacional. El Cordobazo (1969) lo pasó detenido en Villa Devoto. Tenía amigos en varios partidos políticos. Entre ellos, por entonces, hablaban de lo que era un secreto a voces: la caída de lo que quedaba del gobierno de Isabel Perón.
Cincuenta años después del levantamiento militar, le dice a Clarín: «Tenía, por mis contactos, como mi padre y (Raúl) Alfonsín, información calificada. Para entender la situación, voy a usar un lugar común apelando al título de la novela de (Gabriel) García Márquez: aquello era la Crónica de una muerte anunciada. El golpe era imparable: sólo faltaba establecer la fecha yel momento en que se iba a producir».
«Lo que no imaginábamos -agrega- era el horror que se venía». Lo que pasó, ya lo sabemos.
«Yo tenía una actividad híper política entonces», recuerda Storani. Y también recuerda que participó de un comunicado «claramente en contra del golpe», a pesar de que «había mucha gente que ahora se hace la desentendida, pero que entonces apoyaba el derrocamiento de Isabel Perón y lo justificaba en que se iba a pacificar el país ante la violencia de las organizaciones armadas. Incluso el Partido Comunista tuvo al principio una actitud muy condescendiente con el golpe».
«Algunos sostenían que con Videla las cosas serían mejores porque era más condescendiente que Pinochet. Y, bueno, en términos de derechos humanos fue mucho peor que en Chile. Sin dudas, hubo una muy mala evaluación previa de algunas fuerzas políticas».
Para comunicarlo que sucedía y podía suceder, participaba del diario En lucha junto a amigos del ambiente político. Entre ellos, el abogado y dirigente estudiantil Sergio Karakachoff, secuestrado en septiembre de 1976.
«Repudiábamos la lucha armada como método», aclara. Y contrapone que entonces había diálogo para establecer planes de acción a través de encuentros fisicos: «Esos encuentros, tanto estudiantiles como barriales, eran muy buenos, a pesar del enorme riesgo. Pero eso lo vimos después: incluso pagamos con la vida de varios de nuestros mas cercanos amigos militantes» lamenta. Y al nombre de Karakachoff le agrega el de otro desaparecido, Domingo Teruggi.
«Esos encuentros para debatir sobre política fueron el embrión de una gran camada de dirigentes que resultaron fundamentales cuando llegó la democracia en 1983», opina.
Storani cree que las cosas podrían haber tomado otro infantiles. curso si, tal como en su momento le recomendó Juan Domingo Perón, Isabel hubiese escuchado al radical Ricardo Balbín: «Hubo como un acercamiento entre el radicalismo y el peronismo, a pesar de que algunos correligionarios se quejaban de eso. Pero ese acercamiento apuntaba a la unidad nacional. Incluso, estaba laidea de una fórmula Perón-Balbín. No se dio porque había resistencia de algunos sectores del peronismo y también del radicalismo».
Pero lejos de Balbín, el gobierno de Isabel se basó en el «famoso núcleo nefasto que se centraba en José López Rega«.
«La confianza personal que tenía ella con López Rega nos complicaba por las organizaciones armadas clandestinas, como la Triple A, la alianza Anticomunista Argentina, que se asentaba sobrelo peor del peronismo, sobre lo más fascista del peronismo». Y ejemplifica con el enfrentamiento interno que se produjo en Ezeiza cuando Perón regresó a la Argentina en 1973.
«Yo mismo estuve amenazado por la Triple A», agrega. Su nombre figuraba impreso en un papel en el que también aparecían los de los líderes peronistas Rodolfo Achem y Carlos Miguel, secuestrados en La Plata por un comando parapolicial en 1974. «Yo era el tercero de esa lista», recuerda.
Ese era el panorama cuando se llegó al golpe del 24 de marzo de 1976. «Nos preparamos cómo pudimos, con encuentros clandestinos para discutir ideas, con avisos de qué podía pasar, con advertencias, con llamados por teléfonos públicos con cospeles y con la lectura de libros en papel que permitían sacar conclusiones. Nada que ver con lo que es ahora, que sobran las maneras de comunicarse y, sin embargo, a pesar de toda la tecnología, abunda unagran confusiónideológica con noticias falsas y redes sociales».
Entrevista publicada en el diario Clarin, marzo de 2026
