Hemos entrado a un mundo al que nuestro entendimiento no ha logrado asimilar, configurar, ni procesar. Nos parece una serie distópica, de las que se vienen anticipando los últimos años. La realidad supera la ficción.
Sin duda estamos en medio de una revolución, de las más tajantes, que da por tierra las estructuras, las leyes, la cultura que nos conformaron, en una reformulación del poder global.
En vez de cambiar lo conocido, optaron por dejan vetustas las instituciones, como también la democracia, -el objetivo más noble de nuestras vidas-, algo que ahora -nos dicen Peter Thiel- debemos empezar a considerar como parte de la historia del pasado.
En un reciente análisis, la plataforma digital europea Le Grand Continent, sintetiza acertadamente el fin: transformar el Estado en una filial de su propia infraestructura digital, vaciando así la soberanía de su dimensión democrática.
¿Quiénes son estos revolucionarios de los cuales conocemos cuatro o cinco nombres? Las crónicas periodísticas hablaban de tecno oligarquía, aquellos que han hecho fortunas con los desarrollos tecnológicos, desde el corazón de Silicon Valley, el valle del silicio en California, cuando a partir de los 80, amamos a Bill Gates por su invento: Microsoft, que nos permitía escribir, archivar, modificar texto con el programa Word. Dejamos atrás la máquina de escribir.
A partir de allí distintas plataformas capturaron nuestros datos, voluntariamente cedidos para buscar a nuestros amigos, mostrar fotos, la comida que nos gusta, los hobbies, y nuestro gatito. Hicimos esto con Facebook y con miles de aplicaciones. Entramos en la ratonera.
Ahora nos lo ha recordado Palantir -el gigante que está dominando el mundo- que estamos retornando a los orígenes de Silicon Valley, que surgió en la década de 1940 bajo el impulso del gobierno estadounidense, con fines militares.
Y que, con los años, Silicon Valley ha dejado de hacer innovaciones radicales, que pasan por la creación de nuevos monopolios, y se ha dedicado a conquistar cuotas de mercado en un espacio ya constituido, como la competencia por los teléfonos inteligentes.
Palantir vuelve a la idea original de Silicon Valley: Peter Thiel y Alex Karp, financiador y director general, respectivamente, pretenden crear un nuevo monopolio: el de la vigilancia militar y civil generalizada.
Este modelo supone una reforma total del funcionamiento del Estado, concebido por ellos como un modelo obsoleto.
El manifiesto que publicaron en abril de 2026 lo dice sin vueltas: la empresa nunca ha tratado de ocultar su vocación militar: su herramienta estrella, Gotham, se utilizó ya en Irak y Afganistán para la detección de artefactos explosivos improvisados.
Le Grand Continent precisa que el eslogan interno de Palantir, «tu software es el sistema de armas», pone de manifiesto la disolución de la frontera entre lo civil y lo militar, y se entiende a partir de la fórmula que resume la propuesta de valor de Palantir: «el hard power de este siglo se basará en el software».
Las plataformas Gotham, Foundry y AIP se presentan como la infraestructura de un nuevo tipo de poder cinético. En concreto, esto significa la fusión, en tiempo real, de datos satelitales, datos procedentes de drones, inteligencia humana y logística, al servicio de un ciclo de selección de objetivos acelerado.
¿Qué pasó con aquellos jóvenes brillantes de Silicon Valley que eran demócratas? Pasó la historia. Cuando Trump se presentó por segunda vez, Meta, la empresa de Mark Zuckerberg, -propietaria de Facebook, Instagram y WhatsApp-, donó 1 millón de dólares al fondo inaugural de campaña.
Zuckerberg, Tim Cook de Apple y Sundar Pichai de Google empezaron a acercarse a Trump, a veces adulándolo y criticando a su oposición, con el objetivo de situarse en una posición que pudiera beneficiar a sus empresas. Ni hablemos de Elon Musk, principal inversor del proyecto MAGA de Trump.
La Inteligencia Artificial (IA) que este año ha superado la velocidad del humano en resolver lógicas intrincadas, es un arma. No se acepta un debate democrático sobre la IA militar.
Silicon Valley ha estrechado considerablemente sus lazos con el Pentágono, con una clara aceleración desde enero de 2025. Bajo la nueva administración de Trump la integración de la IA en los sistemas militares estadounidenses se acelera. Se presenta como irrefutable, sobre todo porque estaría en el centro de una futura confrontación imperial con China.
Al contrario de Curtis Yarvin, otro profeta de la nueva época, quien considera, -como Milei en la Argentina-, que la burocracia pública es ineficaz y debe ser eliminada, Palantir actúa directamente como un parásito que, al hacerse más indispensable para el Estado que sus propios servicios, los condena a la desaparición.
Cuando hablamos de Thiel y de Karp no estamos hablando de dos tecno millonarios que saben hacer crecer sus negocios. Estamos hablando de dos filósofos, que tienen una visión del mundo, que desarrollan nuevas ideas, las confrontan y siguen preguntando sobre Dios, la trascendencia humana, el cuerpo y el alma, etc.
Thiel y Karp dicen que el mundo cambió el 11 de septiembre de 2001. “La conciencia de lo vulnerable de Occidente hizo necesario un nuevo compromiso que implicó más seguridad a expensas de menos libertad”, dijo Thiel en un artículo de 2025. Y entendió que al enemigo no solo hay que buscarlo fronteas adentro del país. Y lo que es peor: como la Hidra, el enemigo se reproducía.
De ahí la necesidad del panóptico del que nos habló Faucuald. El ojo que ve, sin ser visto. Palantir es un ejemplo. Todo lo que hacemos puede ser registrado, evaluado y es la base para que nos manipulen.
Pero Thiel, como buen filósofo, descree de esta uniformidad que prevé pagarnos a los humanos un sueldo universal para que vivamos felices, mientras los robots nos reemplazan, como lo están haciendo a grandes pasos.
Tal mundo artificial requiere una “religión de la tecnicidad” que tenga fe en el “poder ilimitado de dominio sobre la naturaleza. . . [y] potencial ilimitado para el cambio y la felicidad en esta existencia terrenal del hombre”. Para Schmitt el teólogo político, esta “unidad babilónica” representa una breve armonía que prefigura la catástrofe final del apocalipsis”.
Siguiendo la tradición medieval, Schmitt sabe y teme que esta unidad artificial sólo pueda llegar de la mano de la figura sombría del anticristo, advierte Thiel. Él se apoderará subrepticiamente del mundo entero al final de la historia de la humanidad seduciendo a la gente con la promesa de “paz y seguridad”:
Y remata: Dios creó el mundo. El anticristo lo falsifica . . . El mago siniestro recrea el mundo, cambia la cara de la tierra y domina la naturaleza.
Advierte que un mundo en el que todo parece que se administra a sí, es el mundo de la ciencia ficción; es el mundo de Snow Crash de Stephenson o el de Matrix, para quienes no eligieron tomar las píldoras rojas. Pero ninguna representación de la realidad es la realidad misma, y uno nunca debe perder de vista el contexto más amplio en el que existe esa representación.
El precio por arrojarse sin más a esa representación artificial es siempre muy elevado, pues las decisiones que se evitan para llegar a ese punto siempre son de mucha importancia. El anticristo hace olvidar a la gente que tienen alma y es así como logrará robarles su alma.
El anticristo sería algo así como un orden global que simula haber superado la violencia, pero que en realidad la oculta o la gestiona de manera totalizante.
Graciela Petcoff, periodista
