Este modelo económico, que usa al Tesoro Nacional y al Banco Central como si fueran herramientas puestas al servicio de la especulación financiera, se sostiene sobre dos pilares profundamente dañinos: tasas de interés altísimas y tipo de cambio artificialmente bajo.

 Es una economía puesta al revés. Las variables macroeconómicas y las instituciones funcionan invertidas: en lugar de impulsar la producción, asfixian el crédito; en lugar de proteger el trabajo, lo empujan al ajuste; en lugar de fortalecer a las empresas, las condenan al cierre.

 Las tasas altas arrasan con el crédito para las empresas y para las familias. Sin crédito no hay inversión, no hay consumo, no hay expansión. A muchas empresas les espera el cierre; y detrás de cada cierre vienen más despidos, más desocupación y más licuación salarial.

 El tipo de cambio bajo, mientras tanto, cepilla a la industria nacional. La deja compitiendo en condiciones imposibles, frente a productos importados que muchas veces son el descarte del exterior. Así se destruye producción argentina y se reemplaza trabajo nacional por basura importada.

 Este esquema no es sostenible. No explota por casualidad: explota por su propia inconsistencia.

 Y mientras tanto, la desubicación de buena parte de la dirigencia política es obscena. Se reúnen el ministro del Interior y los gobernadores para hablar de sus propios problemas, no de los problemas de la gente. Como si el país real no existiera. Como si el sufrimiento social fuera apenas un ruido de fondo. 

Están anestesiados. Están desconectados. Están blindados frente a la realidad. 

¿A tanto ha llegado la inconsciencia argentina? 

Son de amianto.